Aprendiendo cómo se hacen las cosas. | MàximSalvador

Aprendiendo cómo se hacen las cosas.

Las cosas no caen del cielo: se producen. A menudo nacen sin alma, en fábricas y sistemas; otras veces, brotan del interés, el esfuerzo y la dedicación por comprender una técnica.

Todo objeto sigue un sistema de producción que convierte los materiales en productos. Amasar, atornillar, dibujar o escribir son rutinas tanto de las fábricas como de los artesanos. Pero mientras en las fábricas se golpea el hierro candente para forjar cuchillos de forma mecánica, el artesano acaricia y dialoga con el material y su temperatura; el artesano respeta el hierro y le permite expresar su carácter, su pureza y sus rugosidades.

Hasta el clinc, clinc del martillo suena diferente. El contraste entre los ritmos y la musicalidad del trabajo; el baile del artesano en su taller, frente a la linealidad y la agitación del ritmo, rápido y desenfrenado, de las fábricas.

Las fábricas siguen sistemas; los artesanos no se ciñen solo a ellos. Producir es esencial, porque sin ello no habría objetos, pero al acabar la producción las fábricas simplemente se detienen y cierran. Los artesanos, en cambio, analizan y aprenden. Para ellos, crear consiste en algo parecido al respeto, al conocimiento y a la comprensión. Como se suele decir: «Masterizar se parece más a amar que a producir. Y para amar hay que comprender, si es que no son lo mismo».

El amor del artesano no se agota en su profesión, sino que se entrega a través de sus productos y conocimientos. El artesano comparte sus experiencias, sublimadas en cada creación, pero también comparte su admiración y sus saberes con otros colegas. Porque la artesanía es el lenguaje del amor tangible: el artesano recibe la inspiración del mundo y la devuelve transformada en utilidad y arte.

El día a día del artesano reside en la rutina; allí es donde adquiere una sensibilidad y un ojo clínico hacia lo que hace y hacia los pequeños defectos. Es en esos errores donde aprende su oficio, pues cada vez que se dispone a crear, se plantea el objetivo de resolver los problemas que surgieron ayer. El artesano es un aprendiz constante. No tan diferente al novato que se enfrenta a los problemas básicos de la técnica. El maestro con su ojo entrenado sigue enfrentandose a los problemas de la tecnica, solo que más sutiles y sofisticados. El artesano es consciente de la autonomía de la técnica y este solo quiere que esta se despliegue de la mejor forma, con calidad.

Cada obra es una enseñanza. A la hora de aprender, lo perfecto es enemigo de lo bueno, y el artesano lo sabe; por ello, debe ser extremadamente empático y sincero con su propio trabajo. Se aprende más dibujando veinte cuadros «mal hechos» y analizando cómo mejorar cada uno, que intentando pintar una sola obra perfecta. La maestría es una búsqueda sin fin, y esa búsqueda puede agotar emocionalmente al artesano, pero un reto es un reto y hay que ir a por todas.

Es aquí donde el círculo se cierra. El artesano atraviesa etapas: aprende, crea, se frustra y se estanca, pero también sabe tomarse su tiempo porque, aunque ama su profesión, también debe aprender a amarse a sí mismo. La vocación lo impulsa a seguir, a sabiendas de que llegarán nuevas frustraciones y preguntas. La motivación personal, así como la salud física y mental, son esenciales para que el círculo cobre inercia, desarrollando una praxis empática y sana consigo mismo.

Solo así el artesano es capaz de vivir en plenitud. Porque para él, vivir y crear es lo mísmo.