2. El lenguaje del café
Beber un café puede ser una experiencia compleja, llena de matices de cata y de complicaciones técnicas, pero también puede ser una experiencia sencilla y relajante: como un café lento y largo por la mañana o incluso una experiencia secundaria, como un café en compañía. Todas esas experiencias conviven cuando hablamos del consumo del café.
Para entender esta pluralidad, Roland Barthes nos ofrece una brújula fascinante desde la perspectiva de la lectura. Hagamos un pequeño desvío filosófico para ver qué tiene que decirnos.
Leer como experiencia de vida.
Hay más de una verdad en los libros. Ello se debe a que el lector acude a ellos con expectativas, con presupuestos y con una vida propia. Leer es cargar dicho mundo de significados y ponerlos a jugar en otro mundo: el libro.
Para Barthes, la lectura es un juego entre un objeto semántico —un libro— y un sujeto libre. Dentro de esa relación plantea dos posturas: la lectura pasiva, donde el lector simplemente lee, y la lectura activa, donde además de leer, crea.
- El Texto Legible (Lisible) es el que se lee. El que tiene un sentido claro y guiado por el autor. Es el que se disfruta.
- El Texto Escribible (Scriptible) es el que se reescribe. Es el sentido confuso originado en el juego del libro con el lector. Es el que se sufre.
Según Barthes, cuando un lector compra un libro, compra el derecho a hacer con él lo que quiera. Incluso si el libro es un clásico, puede rasgarlo, dibujarlo o incluso quemarlo. Al estrujar, al maltratar, al hacer responder al texto con inquietudes y preguntas propias, el texto se desdibuja y se reconstruye. Nosotros, como lectores, somos aventureros en un choque de galaxias: guiamos al texto y este nos guía. Y de la destrucción solo queda lo que de verdad merece la pena.
Pero como lectores aportamos sentidos ilimitados porque en el lenguaje cabe todo: preocupaciones, dudas, intereses, recuerdos… que cambian y se resuelven. Por ello, releer un libro es reencontrarse: notas, dibujos al margen que rememoran dudas pasadas y estados mentales resueltos; pero al releer también encontramos cosas nuevas. Pues el libro sigue igual, pero las preguntas que le arrojamos son distintas.
Esas son las leyes del texto, sus normas y sus reglas; solo así el juego es posible.
Para Barthes, todo lenguaje pretende, por naturaleza, argumentar y defender alguna opinión; no existe lenguaje que no lo haga. Así que Barthes reivindica la soberanía del consumidor, abogando por una lectura libre y, sobre todo, lúdica, que irónicamente “mate al autor” para librarnos del pesado ese que habla de sus cosas en su libro y así poder leer de una forma propia.
Entiendo por qué Barthes es tan radical en su manera de pensar la lectura y el lenguaje. Vivió durante la Segunda Guerra Mundial y, aunque estaba postrado en una cama por tuberculosis, veía cómo los textos y las imágenes estaban repletos de propaganda e ideología.
Dicha libertad hace de la lectura un mundo muy variado: hay lecturas atentas y lecturas como pasatiempo; hay lecturas que acompañan excursiones por la montaña o debates en lecturas compartidas; hay lecturas aburridas y difíciles y otras fáciles y digeribles.
Pero, sobre todo, hay lecturas propias y lecturas ajenas. Hay lecturas que estrujamos hasta sacar la última gota y lecturas que pasan por delante sin apenas mover nada.
Del jugar con significados al construir.
Existen, sin embargo, ciertas lecturas que despiertan en nosotros algo más que una reflexión: despiertan el querer. El querer es acción pura. Es la voluntad de tomar los pensamientos que nos despierta la lectura y materializarlos en el mundo. Es la necesidad que tienen las manos de ponerse en acción. A ello se le llama crear.
Crear se diferencia de la lectura en que no se agota en el yo. No es pensar para mí ni fantasear para mí. Crear es tomar inspiración de la lectura e ir más allá de lo que nos despierta para producir en el mundo algo más.
Para crear hay que materializar, aprender nuevas reglas y nuevos juegos. Nuestro espacio ya no es solo la mente y el lenguaje etéreo: ahora se piensa con las manos y todo se convierte en piezas para construir un sentido propio. Crear es encontrar los elementos en los que un objeto se expresa y moldearlos para que se expresen apropiadamente.
Preparar un café es captar su carácter —la acidez, el dulzor, el origen…— y darle forma y sentido. Construir una armonía y lograr que el café exprese lo que es. Porque estrujar y destruir lleva al lector a encontrar lo evidente: aquello que no se tambalea ni se quema, aquello que perdura a toda destrucción. Esos son los elementos del lenguaje. La armonía consiste en acompañar lo indestructible para que exprese su sentido más original y justo, lejos de cualquier artificio.
Beber un café es solo eso: tomar un trago y seguir con la rutina diaria, sin que nada cambie.